ÉTICA, HOY

eticaii

 

ÉTICA, HOY.

Por Oscar Altamirano Piña

Una corriente de pensamiento que tiene a la reflexión ética como criterio relevante en la vida social recorre nuestro tiempo.

No es difícil advertirlo con una sencilla revisión hechos ocurridos en tiempos recientes:

La historia de la Casa Blanca, aquella que provocó la violación a los derechos de las audiencias y de expresión de Carmen Aristegui, es uno de los eventos de mayor relevancia en el periodismo contemporáneo, cuyo eje rector narrativo fue la denuncia de una conducta marcada por la corrupción de los gobernantes. Bien se podría decir que este caso periodístico está invadido por una cierta y concreta valoración ética de las opciones conductuales de gobernante en cuestión, que en muy pocos grados se asume el daño de la conducta de referencia. Cierto es que no le resta importancia, pero el énfasis está puesto en la práxis del sujeto activo, no en la relevancia de la consecuencia.

Las campañas políticas igualmente recientes muestran esta misma línea de acción. La conducta del quien pidió por seis años que Dios Bendijera a Chihuahua fue el foco de atención de una constante, insistente y reiterada valoración ética. Lo mismo en la simple observación del ciudadano común hasta la experta mirada inquisitiva de sus directos detractores, quienes dieron cause a sus hallazgos en la vía jurídica con intrépida demanda penal. El éxito del que más votos obtuvieron se fincó justamente en la exacerbación de lo inmoral del contrincante y en la exaltación de la dimensión ética del proyecto que finalmente se aceptó. Las expresiones de campaña electoral (verbigracia: “La opción preferencial por los pobres”), reiteran esta línea de elección ética que finalmente fue aceptada a contrapelo de quienes continúan con una opción preferencial por la manipulación cuyo efecto es el inmoral enriquecimiento, y que en congruencia ética, no queda sino investigar, perseguir, sancionar y reparar, en cuyo caso contrario, se asume el riesgo de la decepción y frustración que siempre dejan el engaño y la hipocresía.

Esta experiencia valorativa se descubre también como hilo conductor en la comprensión del fenómeno que se vive al interior del Poder Judicial del Estado. En el caso, no hay activismo, sino juicios directos, valoraciones específicas de conductas considerada no apropiadas, no consecuentes, no esperadas. La crítica a la presunta corrupción en la política de selección de personal indica un grave desajuste entre lo esperado y lo realizado. Aquí, la valoración, como en los casos anteriores, no es indirecta, sino específicamente ética, señalando con claridad lo inmoral de la conducta, y el señalamiento no ha sido sectorial, ni regional, sino totalitario, abarcativo de toda la estructura, y con un alcance que raya en la trascendencia institucional, lo que obliga a estirar la mirada y buscar la consecuencia en el más allá del momento actual. La corrupción en la selección del personal no puede dejar otra cosa que el cimiento de la propia destrucción. Los adalides de la confiabilidad sumidos en la incredulidad propia del actuar inmoral.

En todos los casos, meramente ejemplificativos, no se trata de simples acciones políticas de rechazo a una determinada línea contraria a opciones igualmente políticas, sino que se trata de valoraciones de lo profundo, de lo malo que hay en conductas que se esperaba fueran buenas. En la crítica y la acción hay una clara concepción del bien y el concepto utilizado de trasfondo no parece ser entendido al calor de la emoción, ni derivado de una apriorística intuición, sino de un acto de conocimiento, acicalado con el tiempo, claro, pleno, de lo que es el bien, de lo que se espera de quienes deben actuar bien. No hay relatividad, como quien contra argumenta diciendo que lo que es bien para unos, es mal para otros. No hay diversidad, no hay disparidad, y sí encontramos fácilmente, si bien no absoluta, si una clara coincidencia en el tras-fondo, o fundamento de cada oposición. Bien se podría afirmar que hay un mínimo acuerdo social sobre lo que es el fundamento del bien y ha sido a partir de esta concepción que se ha buscado anular al mal (la corrupción, el enriquecimiento ilícito, desvío de fondos, compadrazgo, tráfico de influencias, el crimen, el homicidio de mujeres, la violencia familiar, el narcotráfico, etc.), por la vía de la crítica y la acción política, jurídica, ética, personal y social.

El concepto fundamental que se encuentra en el trasfondo de cada deliberación apuntada no es otro que el de “Dignidad”.

No creo equivocarme al afirmar que, a la luz de nuestro tiempo, el mal actuar de cualquier persona, o institución, ésta última que se reduce también a un actuar personal, se descubre con mayor facilidad si se observa con el lente de la propia dignidad. Bajo esta especial perspectiva, no es difícil concluir que es malo lo que perjudica la dignidad de una persona y que es malo lo que afecta la dignidad de un grupo social. Y es así porque lo que es malo para el ser individual, lo es para la sociedad y lo que es malo para la sociedad, lo es para el ser personal.

Bajo esta especial manera de ver, no es difícil ver el mal de la corrupción y no es difícil advertir que es malo colaborar con la corrupción. Igualmente, no es complicado advertir que no es bueno tolerar la corrupción y que es inaceptable un gobierno amparado por la corrupción.

De la misma manera, bajo el lente de la dignidad, no es difícil advertir que la conducta legal es un mínimo exigido para actuar bien, y el pensar desde la ética permite construir el bien personal y el bien social.

Sin duda, nuestro tiempo es proclive al análisis ético del actuar personal y social, y bajo es análisis se han hecho juicios de valor sobre actuar político, jurídico, eclesial, personal, institucional y los demás (etcétera), y tal proclividad está llevando a un cambio en los derroteros de nuestra sociedad. Ya no parece contentarse con la simple crítica opinativa, sino que busca la proyección en la praxis individual y social. Quizá y solo quizá, este es un signo que identifica nuestro tiempo. Parece que estamos en el tiempo del reconocimiento de la dignidad. El tiempo de la ética como parámetro de validez de nuestra racionalidad.

También te puede gustar